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¡No más castigos!

2020-11-29 22:39:20 UTC

¡No  más castigos!

Tradicionalmente los castigos y reprimendas han sido el método más comunmente utilizado al momento de hacerle notar a nuestros hijos e hijas que no estamos conformes con alguna conducta suya, pero ¿qué tan efectivos son los castigos con nuestras hijas e hijos?

La mayoría de los castigos que utilizamos actualmente son herederos directos de los que nuestros abuelos usaron con nuestros padres y nuestros padres con nosotros, algunos con ligeras variaciones (en vez de ponerse de cara a la pared, ahora se usa la “silla de pensar”), pero todos ellos con un común denominador: hacer sentir mal al niño o niña por lo que ha hecho, con el fin de que aprenda.

La teoría clásica del castigo nos dice que, para que éste sea efectivo y adecuado, debe cumplir tres requisitos:

  • Aplicarse justo después de que haya tenido lugar la travesura.
  • Ser desagradable para el niño o la niña (esto se consigue quitándole algo que ellos valoran o bien forzando al niño a hacer algo que no le gusta).
  • Ser proporcional a la acción.

Sin embargo, pocos son los padres y educadores que consiguen castigar según dictan los libros y, aún en el mejor de los casos, existen suficientes evidencias que nos sugieren que el castigo no es la mejor opción educativa.

¿Por qué el castigo no es la mejor opción al momento de educar a nuestros hijos?

Son muchas las razones para asegurar que el castigo no resulta beneficioso ni en el corto ni a largo plazo, entre las que se pueden mencionar las siguientes:

  1. Castigar justo después de la travesura y mantener la calma son conceptos muchas veces incompatibles. La reacción emocional natural de los papás cuando el pequeño o la pequeña acaba de quebrar aquel adorno cuyo valor sentimental es incalculable les podemos asegurar que en un primer momento será de enfado. Y cuando uno se encuentra en ese estado, tenderá a castigar rápido… pero desproporcionadamente.
  2. Los castigos demasiado duros tienen dos consecuencias: por un lado, suele resultarnos difícil mantenerlos (“¡¡dos semanas sin el ipad!!” suele quedarse en “un día sin el ipad”, por lo que terminamos siendo poco consistentes); por otro lado, y mucho más importante es que la dureza del castigo genera una reacción emocional intensa en el niño (sentimientos de rabia, injusticia, soledad..) que, además de enturbiar nuestras relaciones afectivas, le predisponen, de nuevo, al mal comportamiento y es que si algo hay claro es que los niños felices se portan mejor que los que no lo son.
  3. Con el paso del tiempo, además, los castigos pierden su eficacia y dejan de resultar aversivos para los niños y niñas, por lo que cada vez necesitaremos castigos más fuertes para conseguir los mismos resultados, iniciando así una escalada nada aconsejable.
  4. La condición de que el castigo tenga que resultar desagradable para funcionar también tiene sus contras: por ejemplo, puede suceder que el niño asocie el malestar y el desagrado a ciertos elementos del castigo, convirtiéndolos en cosas indeseables como en el caso de la “silla de pensar”, ya que puede que asocie “pensar” o “sentarse en una silla” con “castigo” y termine considerando la introspección y la reflexión cosas negativas, cuando no lo son; o castigar al niño sin parque porque se ha portado mal e irnos de visita a casa de los abuelos, convierte a los “abuelos” en parte del castigo.
  5. Por otro lado, el aprendizaje (no volver a hacer lo que hizo) tiene lugar porque el niño tiene “miedo” de volver a ser reprendido, lo que no nos garantiza que realmente haya comprendido por qué estuvo mal su acción, sino que simplemente es una respuesta de evitación de un mal que puede, además, dar lugar al desarrollo de estrategias para “no ser pillado”. El hecho de que el castigo suela ser algo que no tiene nada que ver con la acción del niño (por ejemplo, “has molestado a tu hermana, hoy no tomas postre”), apoya esta idea.
  6. El castigo corta de raíz las conductas inadecuadas, pero bajo el supuesto de que “equivocarse es malo y uno debe pagar por ello”, lo cual choca frontalmente con la idea de que los niños aprenden por ensayo y error y de que equivocarse forma parte del proceso natural de maduración.
  7. Por último, al representar el castigo un fin en sí mismo, no le da la posibilidad al niño de hacer las cosas bien, ni le muestra cómo hacerlas, ni le invita a pensar en cómo prevenir en un futuro. Se castiga la conducta inadecuada pero no se le enseña al niño a mejorar, ni se le da la oportunidad de hacerlo.

¡Castigos no, soluciones sí!

Aunque pueda parecer duro, lo cierto es que venimos aplicando castigos desde hace siglos, como muestra de paso de generación en generación.

Pero, no es beneficioso para el desarrollo de nuestra infancia hacerla sentir mal para que se porte bien en un futuro.

Por lo tanto, el mayor desafío a padres y madres consiste en aprovechar el conflicto para buscar soluciones y no para imponer poder. La dificultad en este momento reside en instaurar el equilibrio entre la firmeza del establecimiento de normas y el respeto para hacérselo entender al niño o niña de una forma amable y cariñosa, de modo que alcance el nivel de comprensión suficiente para responsabilizarse de sus actos y asumir las consecuencias que su conducta puede tener sobre los demás.

El mayor consejo para conseguirlo: ¡mucha paciencia, confianza y no desesperar. Una tarea así no se logra de un día para otro!